Yo también necesito estar con mi bebé

Hace cuatro años, cuando aún no éramos padres, nos juntamos a cenar con otras parejas de amigos. Una de las parejas acababa de tener un bebé. Estaba dormidito y lo acostaron en uno de los dormitorios de la casa. Una amiga se ofreció a quedarse con el bebé para que sus padres pudieran ir a compartir con los demás. Y así lo hicieron.

Después de un rato, la madre del bebé, sin motivo aparente, se levantó y se fue a la habitación donde estaba durmiendo. Al poco escuchamos llantos del bebé. Volvió nuestra amiga y dijo que el pequeño se había despertado al entrar su mamá. Los llantos cesaron rápidamente, y entonces apareció la mamá con su hijo en brazos.

Le preguntamos por qué había ido para allá si el bebé estaba tranquilo. Incluso su pareja le miró con cara de incomprensión. Ella solo contestó que su instinto de madre le había dicho que tenía que ir a verlo. Creo que ninguno de los que estábamos allí lo entendimos, e incluso nos pareció una exageración.

Por alguna razón aquella escena se me quedó grabada. Y el día que fui madre comprendí las palabras de mi amiga.

En el mundo de la crianza respetuosa a menudo hablamos de la necesidad vital de apego y contacto físico del bebé con su cuidador (normalmente la madre). La teoría del apego de John Bowlby, entre otras, da sustento científico a esta necesidad tan olvidada y malentendida.

Pero solemos olvidar al otro actor de la diada: la madre. No solo el bebé tiene esa necesidad, también la madre. Necesitamos sentir a nuestro bebé, olerle, acariciarle, contemplarle, arrullarle, protegerle, alimentarle… Tras el parto (si todo va bien) se desencadenan toda una serie de mecanismos neurológicos y hormonales que nos ayudan a establecer ese vínculo tan físico, tan profundo e insondable, y que nos invitan a disfrutar el mayor tiempo posible de ese contacto con nuestra cría.

Así que cuando te dicen “no lo cojas en brazos que se va a malacostumbrar”, no solo atentan contra una necesidad vital del bebé. También atentan contra ti. Si tu bebé llora, cógelo en brazos, mécelo, aliméntalo… Si sientes la necesidad de abrazarlo, de ponerlo en tu pecho o de llenarlo de besos, hazlo. Si quieres ir a verlo, aunque esté tranquilo, ve sin dudarlo. No dejes que nadie te quite eso, ni a ti ni a tu bebé.

¿Y tú? ¿Eras consciente de esa necesidad? ¿Te has sentido juzgada por querer estar más cerca de tu bebé?

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